
Foto: Manu Mitru | el Periódico
Desde Research & Degrowth International (R&Di) queremos expresar nuestro apoyo a la acampada en Plaça Catalunya y en otras ciudades, y a las luchas que las atraviesan. Invitamos a estudiantes, asociaciones estudiantiles, colectivos, facultades y comunidades universitarias a acercarse, participar y hacer de este espacio también un lugar de encuentro, aprendizaje y organización.
Animamos a las universidades a salir de sus aulas y encontrarse con la ciudad: a organizar clases públicas, debates, talleres, seminarios y otras actividades en la acampada; a poner el conocimiento al servicio de las luchas sociales y a abrir espacios donde academia y sociedad puedan pensar y actuar juntas.
R&Di también expresamos nuestro apoyo a la huelga general y hacemos un llamamiento a nuestras amistades y compañerxs, a las alianzas que hemos construido en la universidad, en el movimiento sindical y en los movimientos sociales, a implicarse activamente en su construcción.
Una huelga general no solamente se decreta: se organiza. Por eso invitamos a quienes comparten estas luchas a ser proactivxs, a encontrarse en los centros de trabajo y de estudio, a sumarse a las estructuras asociativas y a las redes vecinales que defenden la vivienda y la vida, y a trabajar desde ahora para hacer posible una huelga general fuerte, amplia y arraigada en los territorios.
La historia de las luchas obreras nos recuerda que la organización colectiva del trabajo ha sido una forma de conquistar tiempo y espacio para la vida, para la autogestión y para la transformación social. La reducción de la jornada laboral, el descanso semanal, las vacaciones y otros derechos no fueron concesiones espontáneas: fueron conquistas arrancadas mediante décadas de movilización y huelga.
¿Para qué queremos producir más si no tenemos tiempo para vivir, cuidarnos, organizarnos y participar en la vida colectiva? Una transición justa no puede limitarse a cambiar las tecnologías o las fuentes de energía: debe transformar también la relación entre trabajo, tiempo, consumo y vida.
Nos oponemos a una concepción de la ciudad como una simple “máquina del crecimiento”: una máquina económica orientada a atraer capital, aumentar el valor del suelo, expandir el turismo y convertir cada vez más espacios de la vida cotidiana en activos financieros.
Cuando la vivienda se convierte en una mercancía y la ciudad en un vehículo para la acumulación, quienes viven, estudian y trabajan en ella son desplazados progresivamente de sus propios barrios. El aumento de los alquileres, la especulación inmobiliaria, la turistificación y la financiarización de la vivienda forman parte de un modelo urbano que prioriza lo económico sobre las necesidades de quienes habitan la ciudad.
Frente a ello, desde el decrecimiento preguntamos:
España crece, pero ¿para quién?
La economía española ha sido presentada en los últimos años como un caso de éxito europeo. Este crecimiento es real. Pero, curiosamente, el país ha crecido a través de la generación de muchos trabajos precarios, en sectores que no contribuyen al bienestar y con salarios de pobreza. Pero precisamente por ello debemos preguntarnos: ¿qué significa crecer y quién se beneficia de ese crecimiento?
El PIB mide el valor monetario de lo producido, pero no cómo se distribuye, quién controla los activos que se valorizan, quién puede acceder a una vivienda o cuánto tiempo libre nos queda. Una economía puede crecer y, al mismo tiempo, generar experiencias muy diferentes según la posición social.
La vivienda hace visible esta tensión. Mientras la economía crece, los precios de la vivienda se alejan cada día más de lo que un salario medio puede pagar. En muchas ciudades, quienes trabajan tienen cada vez más dificultades para poder vivir en ellas.
Esto nos obliga a mirar más allá del crecimiento agregado: ¿puede considerarse un éxito económico una ciudad donde aumentan la actividad y el valor inmobiliario mientras quienes la sostienen son expulsados de sus barrios?
El manifiesto Housing (for) a Post-Growth World, elaborado en el marco de la Conferencia Internacional de Decrecimiento y Economía Ecológica de Oslo de 2025, señala que las actuales crisis de vivienda están estrechamente vinculadas a un modelo que entiende la vivienda como mercancía y el desarrollo inmobiliario como motor de crecimiento. El manifiesto propone cuatro grandes cambios:
- Transformar las narrativas dominantes sobre la vivienda: los hogares deben entenderse como espacios de cuidado, pertenencia y bienestar colectivo, y no simplemente como propiedades.
- Liberar la vivienda de las presiones del mercado, ampliando formas públicas, cooperativas, comunitarias y colectivas de acceso y propiedad.
- Abandonar una política de vivienda basada exclusivamente en construir cada vez más viviendas y orientarla hacia una distribución más justa del parque existente, su rehabilitación, accesibilidad y mejora de su comportamiento ambiental.
- Entender la vivienda como una infraestructura social más amplia, que incluye los espacios públicos, los servicios, los equipamientos, la movilidad, los cuidados y las redes comunitarias que hacen posible la vida en común.
En lugar de preguntarnos cómo aumentar la construcción, el valor inmobiliario o la competitividad de nuestras ciudades, una política de vivienda decrecentista plantea otra pregunta: ¿cómo garantizar una vivienda digna para todxs mientras reducimos la especulación, la presión ecológica y la mercantilización de nuestras ciudades?
La cuestión de fondo es, por tanto, no cuánto crece una ciudad, sino para quién crece, quién puede vivir en ella y qué tipo de comunidad queremos construir.
Por eso hacemos un llamamiento a estudiantes, trabajadorxs, sindicatos, colectivos de vivienda, asociaciones, movimientos sociales y comunidades universitarias a encontrarse, organizarse y construir juntxs las condiciones para una transformación ecosocial y decrecentista.
Por unos territorios al servicio de la vida, no del crecimiento económico.
Research & Degrowth International (R&Di)